Algo más que tres reportajes de David Foster Wallace: una radiografía posmodernista de la sociedad norteamericana y su concepto de felicidad. El relato hebefrénico, cínico e inocente

Brillante, hiperdocumentado, irreverente, ingenioso, apasionado en su escritura, absolutamente agotador… David Foster Wallace asombra al mundo desde el primer momento en que decide compartir sus pensamientos, las conclusiones obtenidas tras el atento y cotidiano seguimiento de la sociedad en la que se ve inmerso. Cada una de sus comparaciones, sus descripciones y pensamientos buscan la inmediata complicidad del lector. Sabe -y lo defiende en cada uno de sus textos- que el autor de un ensayo se debe al lector y gusta de unirse en sus textos al grupo del que está al otro lado, hablando de “nosotros” cuando se refiere a los lectores. Por eso utiliza el humor desde la perspectiva de esa complicidad buscada y bien entendida. El humor es uno de sus principales recursos porque sabe que es la herramienta perfecta para criticar modelos y comportamientos sociales en los que muchos de sus lectores se pueden ver reflejados. No es lo mismo que alguien se enfrente a diversos estereotipos de la sociedad norteamericana con humor (y siendo norteamericano) que sin él.
El autor utiliza este recurso, pero esto no significa que sus planteamientos carezcan de la seriedad y el rigor necesarios. Solo alguien inteligente -es muy inteligente- y descaradamente locuaz podría sustentar un libro de ensayos y ‘reportajes’ (son algo más que reportajes) descriptivos y explicativos con continuos toques de humor inteligente y locuaz. La ciudad natal del escritor (Illinois) y su relación con el viento, las matemáticas,  la física e incluso la química; la hilarante descripción de un crucero, pagado (y pagada) por la revisa Harper’s; la estrecha unión entre el esperpento y el talento del tenista Michael Joyce; o la minuciosa -y deliciosa- descripción de una feria del medio oeste americano. Estamos ante algo más que simples reportajes. Son propuestas, ensayos, pensamientos… Incluidos en un libro que pesa más que lo que ocupa, gracias a estos textos que hacen gala de una densidad inusual, llamativa y ejemplar.
Intentar acercarse al estilo literario que acoge y dirige el cerebro imparable de David Foster sin hacer el ridículo es algo que queda al alcance de unos pocos. Nos encontramos ante una literatura ‘saturada’, capaz de someter al lector a párrafos que se extienden incluso durante seis páginas, antes de que el autor vuelva a recordar que existe el punto y aparte. Sorprendentemente, los textos no resultan tediosos, ni pesados; ni siquiera los extensos párrafos aburren (en todo caso, es cuestión de gustos, no de técnica narrativa). Al contrario, lo que Foster Wallace consigue es dotar al texto de una extraordinaria velocidad, aunque no queda claro si es veloz la narración o es el lector el que lee rápido. Por su parte, no concede descanso alguno en las sucesivas -y cuasi infinitas- descripciones de personajes, lugares, situaciones, acontecimientos… Y olores. Esto exige una entrega y concentración absolutas por parte del lector, so pena de tener que volver a empezar el párrafo (en el mejor de los casos, la frase) para encontrarse de nuevo con la historia. Otro de los peligros que enfrenta una lectura relajada es la pérdida total del sentido, los ojos siguen enfrentándose a frases enlazadas, pero el cerebro del lector se pierde en sus propios pensamientos. Tal vez fuera este uno de los problemas de Foster al ponerse a escribir. Esta literatura, que parece tan atropellada pero no lo es, invita a preguntarse a qué tipo de disciplina debería de someterse una personalidad como la suya, alterada por las drogas (legales e ilegales), a la hora de escribir.
Es como si los signos de puntuación fueran por un lado y David Foster por otro. Como si esta ‘alegría pop’ de la que ya hiciera gala en obras anteriores como La niña del pelo raro aterrizara en cada página de este libro repleto de originales textos, trazados con una riqueza documental que nos tele-transporta allá donde Foster quiere llevarnos, donde él mismo viaja con nosotros, sus lectores, acompañándonos con la sencillez de quien pasa inadvertido por su propia existencia. Algo que solo pasa cuando escribe. El resto del tiempo, Foster Wallace se observa, se examina y se compara con el resto. Y decide refugiarse en su soledad, mirando cómo cambia la sociedad e intentando (lo consiguió, sin duda) cambiar su forma de retratarla. En sus textos encontramos multitud de personajes secundarios. Todos son secundarios porque él es el principal. David Foster Wallace es el protagonista de las historias que cuenta, de los ambientes que recrea, de los colores y olores que comparte, porque de todo opina, todo lo comparte a través de su propia experiencia, de su propia existencia.
Su escritura recuerda la forma de hablar de esos personajes (todos tenemos alguno cerca) que hablan de forma atropellada, como si su cerebro fuera muy deprisa, tanto que dejan algunas frases a medio terminar, dando por sabido cómo terminan e interpretando que el receptor del mensaje entiende y valora esta ‘selección’. Este comportamiento desprende un profundo aroma a sublime inteligencia. Tal vez por eso, en siete capítulos utiliza 72 veces la expresión ‘etcétera’, que sirve -como es sabido- para sustituir la parte final de una enumeración y evitar seguir detallándola por ser muy larga o por sobrentenderse lo que sigue con facilidad. Tal vez por esto encontremos, además, más de cien páginas dedicadas a explicar las casi trescientas notas a pie de página que salpican los reportajes y ensayos que conforman el libro. Por eso no creía en el punto y aparte, porque las cosas que pasan, incluso cuando el las cosas, no terminan nunca, son infinitas. Nunca nada queda cerrado. Cada acotación a la acotación es imprescindible.
Foster tutea al lector, incluye palabras malsonantes y descalifica a los personajes que se lo merecen, y sus descalificaciones se pueden hacer extensivas a miles de norteamericanos, porque esos personajes son modelos de una sociedad a la que no le quita el ojo de encima, una sociedad que no consigue quitarse de encima.
Escribe para los demás, pero acompañándose a sí mismo, y al que no le guste que no lea. Él es el que mira, pero no le gusta que le miren. Foster califica y describe, se sumerge y huele. El olor de las vacas es sano, pero el sudor humano le horripila, incluso el suyo; por eso le vemos luciendo una llamativa bandana en muchos de sus retratos.
Esta abrumadora inteligencia puede tener un origen genético, pero algo tiene que ver una familia como la suya. Su padre era profesor universitario de filosofía y su madre de literatura. En su biografía se recuerda que la madre era capaz de crear y compartir con él las palabras que fueran necesarias para describir lo indescriptible ¿Cómo no iba David a desarrollar esa magnífica capacidad descriptiva? La lengua inglesa ofrece herramientas (palabras) suficientes para describir -casi- todo lo que el ser humano es capaz de ver o sentir, pero si llegaba el momento de que un sentimiento no encontraba su palabra, Sally Foster estaba ahí para crearla. El resultado, sumando su formación académica y su obsesiva búsqueda de la perfección, no puede ser más que un inglés arrollador, que obliga a reconocer el magnífico trabajo realizado por su traductor y novelista Javier Calvo.
Con poco más de veinte años, David escribe sus primeros libros: La escoba del sistema (1987) y La niña del pelo raro (1989), que llamaron la atención por la fuerza incendiaria de su lenguaje y la radicalidad de sus planteamientos literarios. Siete años después, asombraría al mundo con La broma infinita (1996), un rascacielos narrativo de más de mil páginas que se convirtió en una obra de culto, que fue descrita como la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX. Después de escribir un libro así, la mente de Foster -entonces con 33 años- se preguntaría cómo afrontar una nueva obra, cómo superarse a sí mismo. Es la constante querencia al tormento de alguien que piensa que no escribe bien, aunque el aplauso y la admiración sean unánimes. De hecho, Foster lamentó en alguna entrevista que a casi todo el mundo se le habían escapado los aspectos más sombríos de la novela. Él la consideraba una obra cargada de matices trágicos. Pero esto sería ya objeto de otro ensayo.
La prosa tentacular de Foster le permitió mantener el listón en lo más alto en sus creaciones posteriores. Su lucidez extrema le permitió seguir gustándose, aunque lo normal es que alguien como él encuentre cada vez menos argumentos para disfrutar de la vida e incluso de sí mismo. Wallace lo consiguió gracias a su tesón y a un fármaco llamado Nardil, hasta que dejó de tomarlo.
En su forma de escribir -da igual el texto que escojamos- se adivina una permanente tensión entre su vocación de decir algo sólido, honesto y compasivo y la constante ironía posmoderna (incluso post-posmoderna). En este sentido, la compasión radica en el uso de la ironía, y no de la sátira. David Foster tiene ‘armas’ suficientes como para masacrar a cualquier persona -personaje- que deteste; pero no lo hace, utiliza la ironía para describir aquello que le desagrada, o con lo que no comulga, pero jamás lo ridiculiza. Es el lector quien lo hace.
La lectura de los algo-más-que-ensayos que forman el libro ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ sirven para acercarnos a la figura de David Foster Wallace a través de su forma de ver lo que le rodea. Él mismo se define como un “hijo de profesores en el Medio Oeste americano”, y este punto de partida parece autorizarle para criticar todo aquello que forma parte de su entorno, y lo que le queda lejos; basta que le resulte hortera o inclasificable para que ese bloc que parece llevar siempre (en el que escribir sus “impresiones periodísticas”) pase a un segundo plano. Entonces Foster Wallace deja de escribir y empieza a contar. Es capaz de dedicarle cinco o seis páginas a un problema estrictamente filosófico-existencial que para su compañera de paseo en ese momento no es más que una tremenda chorrada.
“Las mujeres del Medio Oeste rural son congénitamente corpulentas” ¿Cómo decir esta frase sin que resulte insultante? Foster Wallace lo dice, pero sabe cuándo decirlo, y en ese momento está hablando maravillas sobre la capacidad de estas mujeres de bailar clogging. También lo dice de forma directa: “Dos de las comadres bailarinas de Rantoul son gordas pero tienen unas piernas fantásticas”. Es verdad que son gordas, imposible dudar de alguien con semejante capacidad descriptiva, y precisamente esa capacidad le sirve para destacar la mejor parte de sus cuerpos. No es crítica, sino realismo.
Leyendo a Wallace acabamos sintiendo, torciendo el gesto, riendo, revolviéndonos en el sitio, degustando… Y oliendo. El olor es una de sus obsesiones. El sabor también. Difícilmente superables sus descripciones basadas en la comparación de otros olores o sabores. En el texto titulado Dejar de estar bastante alejado de todo paseamos junto a él por una feria agrícola -y mucho más- en mitad de la nada ¡Menos mal que no hay nada! Si hubiera lo que el resto de los mortales llama “algo”, necesitaría miles de páginas para no dejarse nada sin describir. Referencias constantes a la temperatura y la humedad exterior e interior de cada edificio y, por supuesto, a lo que huele, a lo que come y a lo que siente; la reacción que le provoca cada una de las personas o grupo de personas con los que se cruza. Un ejemplo sobre la descripción del sabor de su comida: “Me estoy comiendo una salchicha rebozada de maíz cocinada en 100% aceite de soja. (…) La salchicha tiene un sabor muy fuerte a aceite de soja, que a su vez sabe como a aceite de maíz filtrado a través de una toalla vieja de hacer deporte”.
Cuando Wallace disfruta describiendo, se nota. No dejaría de ser él si dijera que no sabe nada de carreras de coches, pero prefiere escribir así: “Todo lo que sé sobre carreras automovilísticas se puede escribir con un rotulador permanente sin tinta en la boca de una botella de Coca-Cola”.
Para describir cómo orina un caballo semental nos narra cómo suena el pis al caer y cuánto polvo levanta, el diámetro del chorro, su color. Y el tamaño del pene. Es un semental ¿Cómo no va a describir su pene? Cuando lo hacen los hombres, no se olvida de esas miradas cruzadas, absurdas pero reales, buscando contrastar con el vecino si la longitud del miembro viril es la adecuada. Cuando el lugar para orinar es individual, Foster comparte hasta la marca del cubículo, su olor -por supuesto- y tamaño, así como una serie de sensaciones que nos invitan a abandonar con él la idea de volver a orinar en una cabina portátil.
Sus referencias constantes al erotismo o al sexo puro y duro se plantean como lo que son, pensamientos omnipresentes en la mentalidad de un hombre de treintaytantos años en pleno verano. La comida es grasa, cerdo, maíz y mantequilla, consumidas de forma peripatética. El calor ambiental se traduce en calor corporal humano, sudor insoportable (media jornada de feria y se ha cambiado tres veces de camiseta) y vapor emergiendo incluso de las caras de los que le rodean. Y en medio de esta orgía descriptiva, más pensamientos: “una de las cosas que todavía hecho de menos de mi infancia en el Medio Oeste es la extraña e ilusa convicción de que todo lo que me rodeaba existía solamente por mí”. Una convicción radicalmente solipsista, y no poco paranoica: “Si el mundo entero desaparecía y reaparecía cada vez que yo parpadeaba, ¿qué pasaría si yo no abriera los ojos?”. No está mal para ser el pensamiento de un niño.
En su relato, el autor aporta lecciones de filosofía, de matemáticas o física en medio de la historia, como joyas que embellecen el collar de esa misma historia que, por momentos, deja de ser importante.
David Foster lo cataloga todo. Nada se le escapa porque todo tiene importancia. Tal vez parte de la idea de que él no es quién para dejar de contar algo, pero sí que puede clasificarlo, juzgarlo y definirlo, comparándolo si es necesario hasta que quede bien definido. Por eso el lector solo lee, no imagina, como en la televisión.
Está contando cómo es una feria agrícola. Este es su encargo. Pero -no lo puede evitar- nos regala una descripción cruel, divertida y meticulosa del Medio Oeste americano, lo que muchos llaman la América profunda: las groserías, el sexismo, la incultura, la forma ruda de alimentarse y la brutalidad de unas gentes entre las que vivió su infancia. Se siente tan fuera de todo eso que interactúa con los personajes (secundarios) lo justo para obtener la información que necesita, o la comida. Su propia náusea busca y encuentra reflejo en los vómitos que se encuentra, en el hedor que percibe y en el calor que odia. Y lo cuenta sin complejos, con ejemplos, buscando la mayor visibilidad posible, traduciendo la imagen a palabras que pretenden ser imágenes.
Es como ver la televisión: la imagen mata la imaginación y permite que el televidente se apoltrone en su sofá dejándose contar, una historia tras otra, con mayor o menor relevancia. Todo importa: mucho, poco o nada. Él hace el trabajo de descubrir cada centímetro cuadrado que le rodea, aunque no supone ningún esfuerzo porque lo necesita más que el lector; al menos al principio de la lectura, porque una vez que empiezas tu cerebro se acostumbra y en cuestión de minutos acabas por darte cuenta de que tú también lo necesitas.
La televisión es muy importante para Wallace. Su personalidad cambia con la edad empieza a no soportar las multitudes, los gritos, el ruido y el calor. Prefiere ver y analizar la realidad a través de sus series favoritas (incluso telenovelas, aunque le dé vergüenza) a salir a la calle a estudiarla. Él pensaba que la televisión acabaría transformando la forma de escribir para contar cosas. Es su herramienta perfecta para estudiar y analizar a la raza humana sin ser estudiado ni analizado; sin ser juzgado por nadie. A David Foster le encanta la televisión. En la universidad agradece que su habitación se encuentre junto a la sala de la televisión, y busca momentos de soledad para intentar deleitarse con alguna telenovela, pero sobre todo con sus series, las típicas series americanas que los que se saben eruditos rechazan por principios. Para que su talento siga experimentando con el sarcasmo y el desencanto, su cerebro necesita imágenes en las que apoyarse, modelos con los que descubrir pautas que le costaría mucho tiempo conocer si tuviera que ser él quien se acercara. Sin embargo, la televisión se los lleva a casa, a la universidad o al trabajo (incluso cuando su trabajo es irse de crucero y contar lo que ve).
Por eso a veces se relaja y su inteligencia narrativa se afina para ofrecerle al lector la imagen de lo que pasa. En efecto, Wallace es un narrador; ese es su don ¡Y qué bien titula! Los títulos de sus obras son ejercicios de limpieza mental. Si alguien escribe bien y su cultura le permite transgredir las normas ¿Por qué buscar un titular corto, de una frase, sin signos de puntuación? Hace lo que le da la gana y le sale bien. Sirva como ejemplo el título que recibe otro algo-más-que-reportaje: “El talento profesional del tenista Michael Joyce como paradigma de ciertas ideas sobre el libre albedrío, la libertad, las limitaciones, el gozo, el esperpento y la realización humana”. Poco más se puede decir, salvo empezar a describir colores (cada torneo de tenis tiene el suyo), sonidos (acústica de la pista central, respiraciones, el pang rotundo de la pelota contra las cuerdas tensadas…) y sentimientos ¿Cómo? Comparando: “La realidad del circuito de tenis profesional masculino guarda tanto parecido con las glamourosas finales que se ven en la tele como un matadero con un solomillo perfectamente presentado en un restaurante”. Es su forma de hacernos comprender que por cada final que vemos entre Sampras y Agassi ha habido una larga batalla de eliminatorias entre 32, 64 o 128 jugadores.
El tenis le apasiona. No solo en este texto, sino también en otros que forman parte del libro (“deporte derivado en el corredor de los tornados”) descubre al lector el apasionante mundo de la física aplicada a los efectos con la raqueta, los ángulos y las posibilidades que ofrecen las pistas algo inclinadas de Illinois, los vientos racheados y los mosquitos revoloteando al calor de los focos.
El tenis para David Foster es el deporte más bello que existe, y también el más exigente. Es lógico, dado el constante problema matemático, geométrico y físico que se le presenta en cada jugada. El mismo lo explica: “no ha habido ningún ordenador capaz de calcular la expansión de variables para un solo intercambio de pelotas: acabaría echando humo”. Aún así, dedica considerable espacio para exponer las variables, las determinantes, coordenadas tridimensionales, etcétera. Y no echa humo.
Wallace habla del tenis con la misma precisión y autoridad con la que habla de lo que sea. Informa de lo que ve, como una cámara de televisión (o de cine, dependiendo de las necesidades del ‘guión’). Pero sabe que él es a veces -y comparte con el lector- un esnob y un gilipollas. Aún así, su capacidad descriptiva sirve, en este caso, para que el lector no vuelva a ver un partido de tenis de la misma forma. Al menos en mi caso, hay un antes y un después en la forma de ver un partido desde que terminé la lectura de este ensayo/reportaje. No sabía que hay jugadores con restricciones geométricas en su forma de jugar, salvo Agassi, que podía obtener puntos desde cualquier ángulo. Me pregunto ahora ¿Qué escribiría Wallace sobre Nadal? Imposible saberlo ya, pero de Michael Joyce sí que dice que es un hombre completo, un americano que quiere ganar para el que la cuestión del libre albedrío se volvió irrelevante: “Creo que es al mismo tiempo afortunado y desafortunado. El diría que es feliz y lo diría con sinceridad. Le deseo suerte”. Y así termina este exhaustivo estudio sobre el tenis con un joven de 22 años como foco central. El titular es el perfecto resumen de un texto que recuerda al título solo al leerse de forma conjunta. Le da sentido al texto, aunque para los que no disfrutan con el tenis se trate del más aburrido de los escritos de Wallace.
Otra cosa es leer su hilarante descripción de un crucero, el ensayo que da título al libro llamado “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. Nada más empezar define de forma sencilla algo que muchos se han esforzado por definir ¿Qué es lo que está escribiendo? Nos sitúa en un sábado, 18 de marzo (1995), en un momento de espera en el que está “intentando componer una especie de collage sensorial hipnótico de todo lo que he visto y oído y hecho como resultado del encargo periodístico que acabo de terminar”. Esta definición es la mejor, como no podía ser de otra manera. También aprovechamos las líneas siguientes para encontrar su propia definición del texto anterior:
“Cierta revista chic de la Costa Este aprobó el resultado de enviarme el año pasado a una simple feria estatal para escribir una especie de ensayo errático. De forma que ahora me encargan esta especia de fruta tropical exactamente con la misma falta de orientación o pautas”.
¿Simple feria? ¡A mí me pareció un grandioso evento ganadero, agrícola, comercial, de entretenimiento, social, competitivo y único! La meticulosa descripción de un entorno determinado -aunque sea reducido- engrandece a ese entorno, aunque el texto sea definido por su autor como “un ensayo errático”. David Foster pensaba que no escribía bien. Consecuencia directa de una inteligencia conocedora de su potencial y, por tanto, exigente hasta la depresión.
La diferencia entre aquel trabajo y este “encargo periodístico” es que los gastos de la feria (excluyendo los juegos de azar) fueron 27 dólares, “y esta vez el Harper’s ha apoquinado tres mil dólares antes de ver la sucinta descripción sensorial número uno”. Eso añade presión al cráneo de Wallace, y provoca un resultado sencillamente genial. Los responsables de la revista acertaron al abandonarse a su criterio. Tan solo le pidieron una “una especie de gigantesca postal basada en mi experiencia”, y eso hizo, regalándonos la mejor y más hilarante descripción de un crucero -americano- de lujo por el Caribe que pueda leer un mortal. Como siempre, en la descripción del crucero encontramos su particular crítica a la sociedad americana y su modelo de éxito, a la explotación laboral y humana, al derroche, a la degeneración celular que produce la vejez, etcétera.
Para empezar, Foster demuestra que es capaz de resumir una semana de crucero en seis páginas. Le basta con este espacio para ofrecer la postal solicitada, a base de contar lo que ha hecho entre el 11 y el 18 de marzo. Pero él no hace así las cosas, y entiende que eso no es lo que le han pedido. Necesita desarrollar en largos párrafos esas frases cortas con las que apabulla a un lector expectante. Partimos de la base de que jamás se subiría a un crucero de lujo motu propio. Sus miedos (tiburones incluidos), supersticiones y creencias se lo prohíben. Y él parte de la base de que no puede escribir sobre algo que no conoce desde el punto de vista de la propia experiencia. Por eso en los  tres textos que analizo encuentro como punto de inicio, o de constante referencia, el folleto que recibe como visitante o usuario. En el primero de los citados el folleto le sirve de guía para elegir a dónde dirigirse, qué visitar en la Feria; en el segundo, mira las páginas del programa del torneo para conocer (y compartir con el lector) el nombre, estatura y peso de cada uno de los participantes, es un recurso más para ahondar en su necesidad de ofrecer datos y más datos sobre el pasado y presente de personas, animales, objetos y escenarios; en este caso, el folleto le provoca su primera decepción. Este documento incorpora un “publiensayo” -así lo llama- de Frank Conroy, admirado y reputado escritor norteamericano (autor de Stop-time: “probablemente, el mejor libro de memorias literarias del siglo XX” obra que provocó en Wallace el deseo de convertirse en escritor) que parece haberse vendido a la compañía, poniendo a su servicio su capacidad de manipulación a través de un texto “lapidario, atractivo y reconfortante”.
La guía en el crucero, la guía en la feria de ganado, la guía en el torneo de Canadá… Siempre tiene una guía en sus manos, y comparte los datos que observa en ella para, justo después, ofrecernos su interpretación de los mismos. Una cosa es lo que dicen los organizadores y otra bien distinta la interpretación que nos ofrece David Foster Wallace. De hecho, a medida que avanza el crucero descubre que este “publiensayo” puede ser, dice, “una reflexión irónica perfecta del mercado de masas”. David Foster utiliza sus armas para defenderse de esta maniobra publicitaria poco ética. Acaba afirmando que es difícil de precisar qué es lo que quieren conseguir pagando a Conroy para la elaboración de su escrito: “pero a principios de la semana consigo notarlo, y cada vez más cerca: nada en círculos alrededor del barco como una aleta”. Es el folleto diabólico, el tiburón por el que siente miedo desde pequeño.
Pero en seguida vuelve a centrarse en el crucero, en la descripción del lujo exorbitado, de los abrumadores cuidados que recibe… Y de los especímenes que le rodean, entre los que se ve obligado a incluirse. No importa lo que haga, porque no podrá alejarse de su americanidad esencial “y nuevamente desagradable”. Eso le desespera, y utiliza esa desesperación para crear una nueva raza: “ (…) soy un turista americano, y por tanto ex officio corpulento, rollizo, rubicundo, escandaloso, tosco, condescendiente, ensimismado, malcriado, preocupado por su aspecto, avergonzado, desesperante y codicioso: la única especie de bovino carnívoro que se conoce en el mundo”. Ante ustedes, el bovino carnívoro, un animal capaz de hacer lo que hace su rebaño, siguiendo miles de pasos ya dados, y comiendo carne y grasa en abundancia. De este concepto nace la boviscopofobia, síndrome que sufren algunos seres humanos, sobre todo en verano, cuando se ven de pronto a sí mismos, dentro de una multitud que avanza, con la lentitud y pesadez de un rebaño de lanosos ungulados, en dirección a algún tipo de atracción turística (1). David Foster sintió boviscopofobia en Cozumel, Méjico. Es, de nuevo, genial (y a estas alturas nadie niega la influencia de su madre en estas habilidades).
Con esta gran postal en forma de texto, mitad literatura mitad periodismo, Foster cierra el círculo de este grupo de textos recogidos en el libro homónimo, que podrán tener algo de eso que algunos llamaron ‘Nuevo periodismo’ asociándolo a la originalidad de Truman Capote, Normal Mailer o Tom Wolfe, pero que incorporan ciencia, literatura, ensayo, periodismo… Gracias a The New Yorker tenemos A sangre fría, de Capote. Gracias a Harper’s tenemos Los ejércitos de la noche, de Normal Mailer, y también gracias a Harper’s hemos disfrutado con la lectura de dos de los tres larguísimos artículos que Foster reunió en este libro, descubriendo sin querer la abrupta personalidad de un genio que se retrata en cada línea, en cada párrafo. Lo que para el lector es divertido, para Wallace es una terapia, una confrontación consigo mismo y -desde ahí- con las personas que le rodean. Necesita poner distancia constantemente entre él y los demás, diferenciarse del resto, y cuando atisba la posibilidad de ser considerado su semejante llega la náusea, la decepción y la crisis psicológica, también tratada con ironía por el propio doliente.
En algún momento piensa que los demás americanos de a bordo puedan parecerse a él (no a la inversa):
“posiblemente sientan la misma vaga incomodidad acerca de su papel bovino-americano en puerto que yo, pero no permiten que su boviscopofobia los domine: han pagado mucho dinero para divertirse, para que los cuiden y para grabar algunas experiencias en el extranjero y ni en coña van a permitir que ninguna punzada autoindulgente de proyección neurótica acerca de cómo su americanidad es percibida por unos nativos mal alimentados les desluzca el Crucero de Lujo 7NC por el que han trabajado y ahorrado y que han decidido que merecen”.
Este texto pertenece a una nota al pie (la 240), llevada al final del texto por la gran cantidad de notas al pie que suele incluir. Y esa nota al pie llega cuando vuelve a ser “nueva y desagradablemente consciente de ser americano”. Reconoce que lleva toda la semana intentando separarse a los ojos de la tripulación (no hay más ojos disponibles) del rebaño bovino del que forma parte.
David Foster Wallace estuvo toda su vida intentando separarse del resto, salvo cuando descubrió que estaba a gusto con un compañero de habitación en el campus de su Universidad. Foster se casó, y esa unión le sirvió de mucho, le ayudó a abandonar las drogas y pensar que era capaz de controlarse a sí mismo sin ayuda química (dejó el tratamiento con Nardil). Al menos, fue capaz de sentir que su impulso suicida se hacía fuerte en su interior, y pidió en varias ocasiones ser internado para controlarlo. Tuvo, incluso, un intento fallido de acabar con su vida.
En una de las pocas ocasiones en las que su mujer, la artista Karen Green, le dejó solo, Foster se suicidó colgándose de una cuerda en el jardín de su casa. Su literatura no era la de un suicida. Su hermana se lo imaginó llorando mientras besaba a sus dos perros pidiéndoles perdón antes de izar la soga. Tal vez esa fue la única forma que encontró de separarse de los demás de forma definitiva. Tenía 46 años, y con su desaparición aparecieron los típicos buscadores de mitos: un escritor depresivo, grandullón de pelo largo y ropa informal que sudaba demasiado, capaz de terminar con su vida cuando estaba metido de lleno en su siguiente novela, la inacabada, que ha terminado siendo lo que no debió ser y, pese a esto, El rey pálido se ha convertido también en una de sus mejores obras, un desbordante y magistral ejemplo de gran literatura.
David Foster Wallace enterró con su cuerpo las armas con las que se enfrentó al mundo: cinismo e inocencia. Un genio.

Bibliografía
– Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again, serie de ensayos, 1997), publicado por Little, Brown. Traducción al español escrita por Javier Calvo, publicada por Mondadori en 2001.
Todas las historias de amor son historias de fantasmas (2012), D.T. Max.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s